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Skay Beilinson, acostumbrado durante años a ser testigo privilegiado
de la verborragia ritual del Indio Solari, asume con gracia y naturalidad
la entrevista con Página/12. La analogía con su conducta
arriba del escenario es pertinente: también allí contagia
una sensación de serena soltura. Cuando interpreta en vivo las
canciones del notable A través del mar de los sargazos, su música
parece prescindir de las ataduras ceremoniales que impuso el mito ricotero.
Cuando habla, sus palabras lucen ajenas a toda intención retórica,
como si sólo las condujera el sentido común. “No
soy intelectual. Más bien, me considero un tipo curioso”,
señala, en un bar de Palermo Viejo, acompañado como siempre
por la Negra Poly. Esta noche actuará con su banda en el Estadio
Obras, a un año de su debut como solista y a dos de la impasse
que establecieron los Redondos.
–Más allá de tener que cantar, la condición
de frontman, de estar en el centro de la escena, ¿es un peso
extra?
–Es raro, porque si bien el Indio es el que cantaba, siempre sentí
que el que llevaba la banda adelante era yo. Para mí el Indio
era el cantante de la banda que yo estaba llevando. Entiendo que desde
afuera se viera distinto. Al ser el cantante el foco estaba centralizado
en él, pero en todo momento yo tenía mi propio show. La
diferencia es que ahora tengo que cantar. Fui aprendiendo a hacerlo
y hoy creo que me sale más o menos bien.
–En su estilo como cantante se filtra un tono casi paródico.
¿Es una manera de reírse del rockero arquetípico?
–Es verdad. Arriba del escenario siento que encarno un personaje.
Le doy piedra libre para que ese personaje exista. De alguna manera,
este show es algo más teatral que lo que hacíamos con
los Redondos. Siempre tuve esa veta, aunque tal vez no se notaba porque
siempre se hacía foco en el Indio. Pero existía todo un
universo paralelo que no se veía. Y que venía desde los
comienzos de los Redondos.
–¿Por qué se fue perdiendo en los Redondos esa estética
primitiva de vodevil, con una fuerte expresión teatral?
–Tal vez pasó que dejó de sorprendernos. Era volver
a repetir el mismo ritual, de la misma manera, y de repente empezamos
a descubrir que la innovación podía venir de la parte
musical más que de la estética. Nos dimos cuenta de que
la banda empezaba a sonar mejor. Y curiosamente cuando se dio esto,
la parte escénica empezó a ser representada por el público.
El protagonismo escénico pasó a manos de la gente. Hasta
creo que nosotros pasamos a ser la banda de acompañamiento del
público (risas). Varias veces sentimos esa sensación.
–Inclusive las crónicas hablaban un 70 por ciento del público
y un 30 de ustedes...
–Diría que hay un error de cálculo. Había
un 90 por ciento de crónicas policiales, y lo que quedaba se
repartía en ese setenta y treinta...
–¿Eso le molestaba como músico?
–No, porque, dejando de lado el tema policial, el ritual siempre
fue bienvenido. Nunca renegamos de eso. Uno no toca para ver qué
va a decir después la prensa, y tampoco puede influir en las
reacciones de la gente. Uno organiza un evento, que después detona
de un modo que no se puede manejar. Pero siempre es peor que no pase
nada.
–De todos modos, esta nueva etapa solista implica también
una búsqueda más intimista. Si sigue creciendo su convocatoria,
¿le preocupa la posibilidad de volver a aquel “gigantismo”
de los Redondos?
–Uno nunca sabe qué puede pasar en cuanto a la convocatoria.
Lo que es interesante es que el tema de la violencia en los recitales
parece que ha desaparecido. Eso me permite tocar en un lugar grande
como Obras y después volver a hacer un ciclo, que es una cosa
que con los Redondos hacíamos y después tuvimos que abandonar,
por el grado de presión que había. Extrañaba muchísimo
hacer este tipo de shows. No es que aquello no me gustara. Pero cuando
se convoca tanta gente, y para armar un show tenés que pedirle
permiso al Ministerio del Interior, se hace más complicado. Poder
decidir cuándo tenés ganas de tocar y concretarlo es maravilloso.
Cuando estaba con los Redondos no lo notaba. Estaba metido en ese monstruo
y recién me di cuenta de lo que me faltaba cuando pude realizar
esto que estoy haciendo, sin presiones, salir a tocar más seguido,
que es lo mío. Disfrutar de los ensayos, ver cómo la banda
crece...
–¿Es casualidad que se haya descomprimido el tema de la
violencia? ¿O Los Redondos generaban una química que explotaba
con los incidentes?
–Hay varias lecturas. Me parece que el mismo público fue
cambiando. De hecho, en los dos últimos shows de los Redondos
no hubo incidentes. Tampoco hubo violencia en estos últimos festivales
masivos. Puede ser que la protesta social que antes se canalizaba en
los shows de los Redondos empezó a expresarse más en sus
ámbitos más específicos. Hoy, creo, se separan
más las cosas. No me parece mal. Si querés hacer una manifestación
política en un recital de rock, estás errando el lugar.
–Esa contracultura que alguna vez encarnó el rock, y de
la que ustedes, desde los tiempos de La Cofradía, formaron parte,
¿se diluyó o simplemente aquel proyecto fracasó?
–No, yo sé que el rock no es sólo música.
El rock es algo que tiene que ve con el lugar donde uno pone sus ideales,
con la manera de relacionarse con los demás. Es una manera de
mirar la vida, y de responder arriba y abajo del escenario a ese caos
que es el mundo. Pero de ahí a crear un decálogo de comportamientos
que todos deberían seguir, no. Si el rock es eso, ahí
no me subo.
–Los Redondos, más allá de la música, sedujeron
también por el misterio. Pero usted no parecía estar involucrado
en esa cosa misteriosa...
Poly: –¿Cuál es el misterio de los Redondos?
–El de estar como encerrados en sí mismos, como si fuese
una especie de logia que había que preservar.
Poly: –Justamente, depende de los lugares adonde vayas. Hay gente
que busca la situación de exposición, porque necesita
fortificar su personalidad. Nosotros salimos a todos lugares, pero siempre
dentro de otro ambiente, en que no hay gente que va a estar pendiente
de uno. No frecuentamos el “ambiente”. El verdadero misterio
nunca se devela. Además, si vas al barrio donde vive el Indio,
seguro lo vas a ver haciendo las compras...
–Pero en su nueva etapa parece que la música quiere prevalecer
sobre el mito en la relación con la gente. ¿Patricio Rey
generaba algo así como una fidelidad religiosa, que no parece
muy compatible con la libertad artística?
–Los Redondos representan algo muy complejo. La gente se enganchaba
por diferentes motivos. Para muchos éramos una bandera de la
independencia, otros disfrutaban de la banda desde lo artístico;
había quienes veían al Indio como una especie de mesías;
otros querían ser protagonistas de un evento multitudinario y
los Redondos no éramos más que un pretexto. Otros iban
a chorear... ¿Qué podíamos hacer nosotros ante
esa variedad de expectativas? Lo que pasaba con los Redondos era como
una catarata que nos arrastraba a todos.
–Precisamente ahora se cumplen dos años del “año
sabático” que anunciaron iban a tomarse como banda...
–Y que se sabe cuándo empieza y no cuándo termina...
–¿Vuelven a juntarse?
–Momentáneamente, todo sigue igual que hace dos años.
No nos volvimos a ver con el Indio. Tampoco hablamos por teléfono.
Sé que él está laburando con su disco.
–¿Ni siquiera sabe si el Indio escuchó A través
del mar..., si le gustó?
–No lo sé. Y no es que estemos peleados, como se dijo. Nada
que ver. Son como 30 años de haber estado juntos. Necesitábamos
aire, un poco de distancia. Creo que nos hizo bien a todos.
–¿No tiene curiosidad de saber qué piensa el Indio
sobre su disco?
–Sí, pero no lo iba a llamar por teléfono para preguntarle
“¿te gustó el disco?” Ya nos vamos a encontrar...
–¿Se puede dar el retorno de los Redondos?
–Estoy seguro de que los Redondos van a volver. Pero también
estoy seguro de que no va a ser igual que antes. Si de algo sirve un
año sabático es para que las cosas se modifiquen. Se va
a dar, porque el cariño está intacto. Tenemos un par de
temas pendientes para componer con el Indio. Pero hasta que él
no termine su plan de hacer el disco y eso, no podemos avanzar en otra
cosa. Al Indio lo extraño, para conversar, reírnos, tomar
un trago, pero desde lo musical momentáneamente estoy muy contento
con lo que estoy haciendo. Para darse el retorno de los Redondos, deberíamos
volver a encontrarnos inocentemente. Sé que nuestro público
lo pide en los shows. Escucho eso de “solo te pido que se vuelvan
a juntar...”. Pero uno no puede hacer todo lo que la gente quiere.
–Ahora se “descubrió” que el ADN musical de los
Redondos le pertenecía a Skay.
Poly: –En los Redondos cada uno respetaba su rol. Lo que pasa es
que siempre fue Skay el que armó las bandas. Desde la primera
época de los Redondos, año ‘73, ‘74...
–Desde afuera se veía tal vez al Indio como líder
de los Redondos. Pero eso no es cierto. El único líder
de los Redondos es Patricio Rey.
–Una entelequia...
–Patricio Rey existe cuando el Indio, Poly y yo nos agarramos de
la mano. Pero cada uno cumplía un rol. Ese rol era el más
cómodo para mí. Pero adentro de la banda, quizá,
yo era el motor fundamental. Tanto es así que varias veces el
Indio no vino y la banda funcionó igual. Una vuelta en el Margarita
Xirgu, en las primeras épocas, el Indio no estuvo y cantó
Fontova. Otra vez, en La Plata, subió Luca y también tocó
Pettinato. Una vez el Indio no vino y canté yo. Y al revés
no funcionó nunca. Sin mí, los Redondos no existieron
nunca.
Cuestiones de etiqueta
Los gustos musicales de Skay no siempre coinciden con el imaginario
que representa.
–De todo ese fenómeno llamado “rock barrial”,
¿se siente cerca o lejos?
–Las etiquetas nunca me gustaron. Cuando se encasilla y parecería
que uno debiera ser militante de algún estilo en particular,
a mí me empieza a quitar entusiasmo. Yo no soy militante de nada,
ni quiero ser la bandera de nadie.
–Para muchos grupos, sin embargo, el hecho de que ustedes los hayan
apoyado, o que los hayan mencionado alguna vez, significó un
espaldarazo. La Renga, Los Piojos...
–(Mira a la Negra Poly como buscando confirmación) A La
Renga, me parece que nunca los vi... A Los Piojos sí. Era una
banda que nos gustaba, y que nos sigue gustando.
–¿Qué música prefiere?
–Hay una corriente que me interesa mucho, y es lo que se desprendió
de lo que fue Clap en los ‘80. Diego Frenkel, Cristian Basso, Axel
Krygier. Me gustan sobre todo por la libertad que se toman para crear
sin prejuicios.
Militancias de un hippie
Un popurrí de temas con Beilinson, más allá de
la música:
–¿Militancia política?
–No, nunca.
–Pero estuvo en el Mayo Francés.
–Tenía 16 años, estaba en París. Miraba fascinado
cómo corrían las piedras... pero no entendía nada
de partidos ni ideologías.
Poli: –La militancia era simplemente estar ahí. Ideología
siempre tienen los grandes. Los pibes son los que van al frente.
–¿Y en los ‘70?
–Mi manera de militar era dentro del hippismo.
–¿Existió la “resistencia” del rock a la
dictadura?
–Existió en la medida en que se trataba de mantener el estado
de ánimo, los ideales, el espíritu vivo. La del rock fue
una resistencia cultural. Nunca dijimos “vamos a ser la resistencia
a la dictadura”. Fue una necesidad natural. Con el tiempo se ve
de otra manera.
–¿Las drogas?
–Yo empecé a fumar de muy chico, cuando viajé con
mi hermano a Europa siendo adolescente. Lo viví con naturalidad,
aunque es cierto que mis viejos nos fueron a “rescatar” a
Europa, porque se asustaron. Cuando volví, los hippies de La
Cofradía no tenían ni la menor idea del faso. El hippismo
se inventó acá su propia manera de ser. Se hizo un hippismo
a la argentina, que mezclaba cosas de acá con lo de afuera.
Tracción a sangre
Skay ya trabaja en un nuevo CD. “Entre enero y febrero estaré
terminando, antes de mitad de año va a estar en la calle”,
adelanta.
–¿El disco viene nuevamente con tracción a sangre
o va a experimentar con máquinas?
–Hay algo de lo que uno es esclavo, que es el estilo. Siempre intento
buscar texturas de sonidos, pero no puedo evitar que suene a Skay. Voy
a mantener la tracción a sangre. El tema máquinas con
los Redondos estaba agotado, necesitaba un refresco. Para mí
era menos entretenido.
–Pero antes de Momo Sampler tuvo su etapa de fascinación
con las máquinas.
–Yo no. El Indio sí, es más de buscar la sonoridad,
las texturas. No lo descarto, no tengo ninguna militancia en contra.
Es una herramienta que en algunos casos sirve y en otros no. Pero estoy
muy contento con la banda que armé.

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