
Letrista,
voz e imagen de los Redonditos do Rilcota, su banda de siempre. Un
periplo vital que arrancó en la universitaria y algo pacata
La Plata, y que tuvo su primera manifestación de disconformidad
cuando lo echaron de un curso paralelo de Bellas Artes por orinar
en clase.
Claro que para ese entonces, el muchacho era también una rata
de biblioteca -a los diez años se mataba con Truman Capote-,
se copaba con los existencialistas franceses y los beatniks yanquis
que abrieron el camino a la generación heppie. También
le gustaba la ciencia ficción y la historieta.
Artísticamente, sus inclinaciones tenían que ver con
la composición de canciones en guitarra, el dibujo y la escritura.
Como salida de todo ese bagaje había regentado un tallercito
de estampado en tela llamado El Mercurio, en sociedad con Guillermo
Beilinson, amigo personal y hermano de un tal Skay...
Antes de pasar a formar parte de Los Redondos, que comenzó
más como un grupo de amigos que vivían la cultura rock
antes que una banda propiamente dicha, el Indio vivió un tiempo
en Valeria del Mar. El balneario era por entonces un refugio de bohemios,
artistas y gente de la cultura: Iban desde el escritor Leopoldo Marechal
hasta la modelo Chunchuna Villafañe.
También había pasado por derpas centricos y no tanto,
y en un tiempo recaló en City Bell. Hasta que conoció
a Skay y Poli, casualmente presentados por Guillermo, el socio-amigo
de la época de El Mercurio.