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En la sala de ensayo,
Skay se destaca por su estampa: anteojos negros, el sombrero de gamuza
a la Indiana Jones y la vieja correa de cuero negro con tachas que escriben
PATRICIO REY Y SUS REDONDITOS. Un atril bonsai se eleva unos treinta
centímetros, frente a sus pies, sobre un parquet reluciente.
Hay una carpeta negra con machetes de letras que, al mejor estilo Mercedes
Sosa, ayudan a Skay a cumplir su nuevo papel de cantante. La sala, impecable,
amplia y cómoda, es la nueva vedette de la casa de Palermo Viejo
que comparte con La Negra Poli, su compañera de toda la vida
y ondina curadora del proyecto solista.
Dos equipos de aire acondicionado templan el ambiente y una enorme consola
domina la escena. David Quartero, el nieto de Poli, dispara las bases
programadas. ¿Estamos?, pregunta Skay. Todos asienten
y suena una versión remozada de Nene-Nena, un viejo
roquito ricotero que ahora podría animar, perfectamente, una
noche de frenético dance en una rave de música electrónica.
Lecu, el tecladista, usa una boina de cuero que recuerda al detective
Baretta y baila, hiperquinético. Los otros músicos están
más contenidos: el bajista Claudio Quartero (hijo de Poli y padre
de David) se concentra en los arreglos vocales. Oscar Reyna luce rígido
con una sobria camisa Lavilisto, que más tarde provocará
alguna cargada. Daniel Colombres es el baterista gracioso: entre un
tema y otro, menciona a Perla Santalla (¿?). Todos ríen.
Este es el penúltimo ensayo antes de los shows
en Mar del Plata, la primera presentación de Skay Beilinson con
su nueva banda y su regreso, además, a escenarios intimistas
(después de haber llenado dos veces el estadio de River Plate,
un teatro para mil quinientas personas se volverá particularmente
pequeño). La lista de temas incluye el nuevo disco completo y
gemas ricoteras como "Caña seca y un membrillo, Humano,
roto y mal parado, Criminal mambo, La bestia
pop, Nuestro amo juega al esclavo y El infierno
está encantador. Una vez que suena el último acorde
de Me matan Limón, todos se disponen a oír
la grabación de lo que acaban de tocar.
Skay, de espaldas al equipo, toma mate y escucha con
muchísima concentración. Festeja los últimos arreglos
de voces que hicieron Lecu y Claudio. Está tranquilo, como siempre.
Se lo ve entusiasmado. Es feliz.
CUANDO EMPUÑA UNA GUITARRA, SKAY sufre una
metamorfosis. Debajo del escenario, su figura puede pasar totalmente
inadvertida. Pero, sobre las tablas, tanta paz se convierte en un destello
constante y radiactivo. El atuendo, dice, es un elemento más
que permite que la música lo atraviese. En vivo, los lentes oscuros
son indispensables. Pero ¿también en los ensayos? Permiten
que me invada otro personaje. El sombrero o un pañuelo también
sirven para eso, pero además de ayudan a frenar la transpiración.
Y agrega: Si me viera desde afuera, diría que ése
que está ahí, arriba del escenario, es otra persona. Pero,
inevitablemente, soy yo. Es una parte mía mucho más liberada.
Dice que todavía siente un poco de miedo antes de subir a escena.
En tal caso, apura un par de tragos de whisky y deja escapar un grito
gutural, tal vez como el de Gengis Khan, obertura de A través
del mar de los Sargazos, su primer opus solista luego de veintiséis
años de historia con Los Redondos. Creo que uno está
obligado a entregar lo mejor que tiene para dar. A mí me sale
así: medio animal, medio bestia. No es una pose ni una actitud
premeditada. A veces pienso que tengo que estar dispuesto a arruinarlos
todo esa misma noche. No importan las notas, sino lo que uno pone entre
cada una de ellas.
-¿Vas a usar esa correa en vivo?
Sí, me la regaló Rocambole hace muchísimos años.
Patricio Rey sigue siendo el maestro, el intermediario entre la música
y yo.
ESTE REPORTAJE EMPEZO UN LUNES POR LA noche. Cenamos
pizzas caseras (Poli sorprendió con una exquisita, de berenjenas,
a la George Costanza). Skay me contó su esperanza secreta: lograr
que el alma, al haber sido testigo de experiencias enriquecedoras, sea
capaz de impregnarse de la belleza de los momentos conmovedores de toda
su vida. Lograr que su música plasme esa belleza. Y lograr que
sus canciones vuelquen su experiencia de vida.
A los 12, Skay era Eduardo Beilinson. Un niño
que llegaba corriendo a su casa desde el colegio y sintonizaba Radio
El Espectador, de Montevideo, que se escuchaba perfectamente en La Plata.
El programa se llamaba Beatlemanía y pasaba los temas del grupo
que marcó el comienzo de la gran revolución generacional
(Skay dixit). El pequeño Eduardo se enamoró de ese sonido.
Estaba terminando la escuela primaria y años antes había
aprendido algunas zambas en la guitarra. Pero cuando descubrió
los tres acordes de Twist & Shout armó un grupo,
The Longfellows, con un repertorio basado en los Fab 4 y los Byrds.
El alumno Beilinson se apasionaba con la música
y no era afecto a la lectura. Sin embargo, durante el secundario nunca
se llevó una materia. Había construido su primera guitarra
eléctrica (el cable que no tenía plug y era una
rosca (risas); los que sepan de guitarras sabrán de que hablo,
dice). No era de jugar al fútbol, ni hacía ningún
otro deporte. Prefería ratearse del Liceo Víctor Mercante
a jugar al billar en tugurios llenos de humo. Algo sabía sobre
la explosión del hippismo en el mundo. Pero ni siquiera sospechaba
el rumbo que iba a tomar su vida.
Durante el último mes y medio, Skay contó
sus historia varias veces, en distintos medios. A mí también
me la contó. En 1967, yendo a Sudáfrica en barco con sus
padres, ganó un concurso tocando la guitarra. El premio era un
pasaje a Europa, que un año más tarde se transformó
en un viaje iniciático junto a su hermano Guillermo. A fines
del 68 llegaron al Barrio Latino de París, y participaron de
varias revueltas estudiantiles (resabios del emblemático Mayo
francés), hasta que los deportaron a Londres (El Che Guevara
estaba en las pancartas, y ser sudamericano era peligroso, recuerda).
Allí se encontraron con su otro hermano, Daniel. Se maravillaron
con la explosión del hippismo y vieron un show de Jimi Hendrix
en el Albert Hall.
-¿Qué recordás del recital?
-La gente bailando sola, como en trance, sobre las butacas. Algo inédito
para la época. Hendrix era un ser absolutamente salvaje, que
hacía música con un acople. Era la libertad hecha música.
Y me mostró una característica fundamental del rock: la
gestualidad. Pero Hendrix, si bien marcó un quiebre en la música,
era un exponente más de esa cultura que expresaba lo que todos
queríamos expresar y que se vivía en la calle todo el
tiempo.
-¿Qué pasaba en la calle?
-Podías encontrarte con gente que venía viajando de la
India y se ponía a contarle sus historias a alguien que llegaba
desde Holanda. Tocaban la guitarra y se ponían a bailar. En una
casa tomada funcionaba el Art´s Lab, donde convivían un
gurú hindú con un mimo capaz de interpretar universos
psicológicos y espirituales. En esa época, la droga era
un medio de compartir un momento. Servía para atrevernos a entrar
en otra dimensión. No había problemas con la policía
al respecto: podía fumar en la calle y nadie se daba cuenta de
que era marihuana.
Skay recibió un llamado de sus padres, preocupados
por el nuevo rumbo que había tomado la vida del joven Eduardo.
Negoció, entonces, su regreso a la Argentina. Trajo un amplificador
Marshall, una guitarra Grestch, un wah wah y un distorsionador. Volvió
a La Plata cargado de discos de Hendrix, Cream, Pink Floyd y Vanilla
Fudge. Su concepción del mundo y de la vida ya era diferente.
Dejó el colegio, abandonó- para siempre- la seguridad
burguesa y la contención de su familia de clase media acomodada
y partió a la aventura. Conoció a Poli y, junto a ella,
su hermano Guillermo y una comunidad ambulante de delirantes inició
un periplo que lo llevó a vivir en: a) un terreno baldío
en la ciudad de las diagonales; b) un campo en Pihué, donde intentó
vivir de la caza con arco y flecha; c) una casita en Tolosa; d) la selva
salteña, y e) San Rafael, Mendoza. Además, se hizo amigo
de los miembros de la Cofradía de la Flor Solar, un grupo hippie
de La Plata que contaba entre sus miembros al maestro Rocambole-responsable
de la imagen gráfica de Los Redondos y, también, del nuevo
proyecto de Skay-y músicos como Kubero Díaz, Morcy Requena
y Manija Paz. Formó el grupo Diplodocum Red & Brown (llegó
a grabar un simple en 1970) y visitó, en ocasionales paseos por
Buenos Aires, el Instituto Di Tella (fue Marta Minujín quien
lo bautizó Skay). Esos años le dejaron una infinidad de
historias, anécdotas y experiencias increíbles. Dice que
prefiere expresarlas a través de la música. Pero me contó
muchas.
-¿Cómo era la relación con los
eventuales vecinos del terreno baldío?
Muy buena, porque no hacíamos cagadas. El verdulero, por ejemplo,
en vez de tirar la mercadería que le sobraba, nos la daba a nosotros.
Y Poli, maestra absoluta de la administración, hacía comida
para todos. El drama era la policía. Porque no sabían
si éramos guerrilleros o qué. Cuando hacían allanamientos,
no sabían si buscar falopa o buscar armas.
-¿Qué se tocaba en los fogones?
A mí me gustaba afinar la guitarra en un acorde y hacer una especie
de ragas hindúes. Eran zapadas interminables donde cantábamos
todos. Eran juegos musicales; con el tiempo terminamos llamándolos
folklore universal. No era rock. Era, simplemente, jugar con la música.
-¿Militaban en política?
No. Muchos amigos nuestros sí. Tenía afinidad con ellos,
pero los veía muy rígidos. Yo pertenecía a una
banda de hippies que proponía una revolución posible:
atreverse a despojarse de lo que es la propiedad privada. Ese es un
acto revolucionario. Parece fácil, pero hay que hacerlo.
Skay lo hizo. Su bagaje consistía, por entonces,
en su mochila con uno o dos pantalones, algunas remeras y una bolsita
con amuletos, caracoles y piedritas. Y la guitarra, infaltable. De ese
modo comprobó que es verdad el dicho no es más rico
el que más tiene, sino el que menos necesita. Y lo aplicó
a su vida. Y a la música.
Luego de irse de su casa, Skay cortó el contacto
con sus padres durante unos siete años. Su situación era
un reflejo de una lucha generacional. Con el tiempo, sin embargo, recompuso
la relación que ahora, dice, es maravillosa: Los descubrí
como personas. No tengo el rol de hijo, ni ellos el de padres. Nos volvimos
más comprensivos.
-¿Escuchan tus discos?
Yo se los he ido regalando. A veces, cuando me dicen que les gustan,
yo mucho no les creo (se ríe). Ellos disfrutan más del
jazz o de la música clásica. Pero, en fin, supongo que
son esas cosas que le dice un padre a su hijo.
GRAN PARTE DE LOS COMPAÑEROS DE aquellas
experiencias terminaron siendo los primeros Redondos. Para mí,
Los Redondos no arrancan en el momento de conocerlo al Indio, sino que
son una consecuencia de toda esa experiencia previa, que venía
de la autogestión, dice Skay.
La historia cuenta que Carlos Solari, Guillermo Beilinson,
Skay y una banda de forajidos comenzaron a hacer canciones para musicalizar
un film en súper 8. En esos primeros ensayos, Skay era el director
musical, pero los arreglos eran lo de menos: El Indio me había
dado un silbato, para poner un poco de orden en los cortes y en los
solos (se ríe).
Fue en Salta, en 1977, cuando los músicos de
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tocaron por primera vez con
ese nombre. De esas épocas, Skay recuerda que la música
era un acto catártico: "Morían muchos amigos y conocidos
alrededor, y nuestras vidas no estaban aseguradas. Entonces decíamos:
Nos encontramos hoy, vamos a festejar hoy. Cada seis meses Poli buscaba
un lugar y yo armaba la banda. Nos juntábamos para saber que
estábamos vivos. Eran momentos intensos y muy divertidos. Después
de esa época siniestra, empezamos a tocar más seguido
y entró un dinero que nos permitió grabar. Ahí
vimos que era un camino posible.
La lista de músicos que tocaron convocados
por el espíritu de Patricio Rey resulta casi inabarcable. La
historia redonda, también. -Con el Indio, seguramente, nos vamos
a volver a encontrar. En principio, como personas. Porque nunca tuvimos
notorias diferencias musicales- dice Skay.
Para el que no lo sepa, en noviembre de 2001, Los
Redondos se tomaron un año sabático (que pueden ser dos
o tres). Y fue entonces cuando Skay decidió atravesar el Mar
de los Sargazos. Odisea que encaró, básicamente, a remo
(la tan mentada tracción a sangre).
-Tu disco solista parece un regreso a las fuentes.
¿La música de edición era un mambo del Indio?
El propuso trabajar de ese modo. A mí el proyecto me entusiasmó,
porque significaba navegar en lugares poco conocidos. Probablemente,
mi pulso es más rockero que el del Indio. Y es cierto que estaba
extrañando el pulso humano. Este disco creo que lo rescata.
-Ante esta eventual separación, muchos esperan
que hables mal de él...
Todas las personas tenemos cualidades fastas y nefastas. De las cualidades
nefastas del Indio no me interesa hablar; no viene al caso. Pensamos
diferente en muchos aspectos y tenemos actitudes diferentes ante la
vida. Pero lo único real es lo que sentimos: vamos a parar por
un tiempo y ver qué pasa. No terminamos peleados, no nos agarramos
a trompadas, no nos odiamos. Hay un enorme cariño entre nosotros.
Sólo que estamos necesitando un poco de aire. Y el aire es tiempo.
Así de sencillo. Conflictos hubo a lo largo de toda la relación,
pero nunca nos distanciaron. Al contrario, hemos convenido siempre en
limar determinadas cosas para seguir con un plan que nos parecía
atractivo a los tres. Llegó un momento que sentimos que...¿Volver
a hacer qué? ¿Otro disco? ¿Repetir las mismas máquinas?
Yo quería grabar de una manera; el Indio, de otra... Pero son
anécdotas menores.
-¿Y no es rara la distancia con un amigo?
Son amistades que pasan por otro lugar. No se cultivan por compartir
las veinticuatro horas del día. Con mis mejores amigos nos vemos
esporádicamente. Cada uno ha enriquecido su vida y tiene cosas
para aportar. Las distancias mentales, de alguna manera, son enriquecedoras
para la relación.
-¿Te da curiosidad el disco del Indio?
Sí. Pero, sinceramente, no sé nada. Los periodistas dicen
que esta grabando. Quizá solamente está dedicado a criar
a su hijo. Si hace algo, será muy interesante, supongo. A mí
me gustan su manera de componer, de escribir y de cantar.
-¿Y el resto de Los Redondos?
Tampoco nos volvimos a ver. Se terminó un capítulo y lo
mejor es que las cosas decanten solas. No estamos peleados ni nada.
La mejor manera de enfrentar el próximo capítulo es que
cada uno haga su propia experiencia y vaya hacia donde su corazón
se lo dicte. Cuando llegue el momento, veremos quiénes estamos
para encarar el próximo viaje.
-¿Cómo te imaginas el reencuentro de
Los Redondos?
En este momento ni lo pienso. Me tomé el año sabático
muy en serio. Y estoy entusiasmado con mi nuevo proyecto.
-Si la cosa te funciona bien en todos los niveles:
musical, humana y económicamente, ¿Los Redondos son un
capítulo cerrado?
No creo. Con el Indio nos debemos, al menos, un par de canciones. Lo
que no sé es cuándo ni cómo ni dónde. Tal
vez hagamos un dúo. Pero puede ser en Córdoba, en Katmandú
o en Buenos Aires.
LA PRIMAVERA PORTEÑA ESTA QUE ESTALLA y Skay
propone seguir el reportaje al aire libre. Tomamos un taxi, entonces,
hasta el Rosedal de Palermo. Allí, a la altura del Patio Andaluz-una
construcción de principios de siglo adentrada en el Parque- empezamos
a caminar. A esa altura, el semáforo de la Avenida del Libertador
dura muy poco para los peatones, los autos vienen muy rápido
y lo recomendable es cruzar a los saltos.
Skay me cuenta que, aún en el casco urbano,
a veces camina extremadamente lento y puede tardar cinco minutos para
hacer una cuadra. Hace un lustro, muy cerca de su casa, su andar le
pareció sospechoso a un patrullero. Skay no llevaba documentos
y casi marcha preso. Absurdo, ¿no?. No se sorprende: La
policía, a juzgar por cosas mucho más graves que han pasado
en la puerta de los recitales, no ha dado muestras de jugar a favor
de uno. Bah, a favor de nadie.
Skay me cuenta que fuma Gitanes rubios a rabiar, que
le gusta mucho la bebida y que, de cuando en cuando, comete algún
que otro exceso. Para compensar, dice, sale a correr por allí
varias veces por semana. En realidad, alterna entre el trotecito y la
caminata. Le pregunto si lo reconocen. Me cuenta que una vez escuchó
un ¡Aguante, Skay!. Era León Gieco, enfundado
en un pasamontañas. Otro día se cruzó con Horacio
Embón. Ninguno de los dos dijo nada. Skay, por su timidez. Y
Embón, porque no debe tener la más puta idea de quién
es Skay.
Skay, dice, disfruta especialmente la primavera: le
gusta contemplar la naturaleza (se fascina frente a un enorme gomero,
de esos que tendrán unos doscientos años) y escuchar el
canto de los pájaros. Además de hacer un poco de ejercicio
físico, en Palermo encuentra el ámbito ideal para realizar
las que él llama sus meditaciones. Es un momento
para estar conmigo y escuchar la brisa golpeando las hojas de los árboles.
Puedo quedarme un buen rato reflexionando sobre alguna cosa que me interese.
Para eso también soy autodidacto. He leído algunos libros
al respecto, pero nunca tuve una disciplina ni adherí a una escuela
en particular. Me fui dejando llevar, guiado por mi corazón y
mis ansiedades.
En esos momentos de introspección, Skay intenta
reubicarse en otra dimensión de la realidad. Sí.
Yo sé que existen realidades que suceden simultáneamente.
Me pasó y pude comprobarlo. Una realidad es la cotidiana, que
vivimos ordinariamente. Podés pasar por acá y no reparar
en ese árbol. Sin embargo, es un ser que está vivo y que
ha sido testigo del tiempo. Estuvo bajo noches de lluvia, noches de
estrellas, floreció, dio sus frutos, cayeron sus hojas, pasaron
los años...Generalmente atravesamos la vida sin reparar en todo
lo que existe. En cambio, si la vemos desde otro lugar, la realidad
se completa y se hace más amplia.
Cuenta que fue en Pihué, entre lecturas grupales
de Krishnamurti, donde tuvo una revelación: Fue una iluminación.
Tomé conciencia de que yo era una vidita más, igual que
una planta que estaba al lado mío. Igual que una mariposa que
se posó cerca. Igual que el cielo. Y que estábamos todos
viviendo un único instante de la eternidad. Por un instante intuí
lo que podía ser la eternidad.
-¿Volviste a tener esa experiencia?
De alguna manera, sí. Pero también he aprendido que las
experiencias reveladoras son únicas e irrepetibles. Después
de muchos años descubrí algunas claves. Por ejemplo, si
tomás conciencia de los ruidos que tenés en la cabeza
y logras sacártelos por un rato, en el canto de un pájaro
podés reconocer una vida. Y de ahí ir a donde quieras.
Porque ese mismo pájaro esta en este planeta Tierra, que sólo
es un planeta en medio del Sistema Solar, en medio de la galaxia y del
universo...
Se disculpa por lo escueto de la explicación,
y reconoce que todos los que han tratado de explicar una experiencia
místico-religiosa han fracasado en el intento.
DICE QUE EMPEZO A FUMAR PORRO CUANDO tenía
16, pero es muy pudoroso a la hora de hablar de drogas: En ese
momento se me estaban abriendo un montón de puertas en la cabeza.
Y en ese sentido, con sorpresa e ingenuidad, (la droga) me ayudó
a entrar en mundos que desconocía. En esos tiempos, no estaba
la cultura del reviente. Era una experiencia. No se trataba de fumar
hasta quedar tarado. Era como entrar en una dimensión y ver cuál
era el aprendizaje que uno podía rescatar de esa experiencia,
para aplicarlos después a la vida cotidiana.
Con el tiempo comenzó a beber, pero siempre
en situaciones sociales. Tampoco soy un borracho...(se ríe).
Dice preferir el alcohol porque con el faso entra en un viaje
demasiado introspectivo. Ahora fuma muy cada tanto; en esos casos,
puede quedarse horas tocando la guitarra.
-¿Y otras drogas?
Como todos, he pasado en algún momento por el infierno de la
cocaína. Y es así: o quedas atrapado o pasas. La merca
tiene esa cosa medio engañosa. He visto mucha gente que se ha
quedado muy prendida y se ha hecho mierda.
-Entonces no es posible tener una relación,
digamos, armónica...
Yo creo que cada experiencia es individual. No sé si es aplicable
a otro lo que me pasó a mí. Las drogas me sirvieron hasta
cierto momento. Hice experiencias con ácido, pero fueron pocas.
Y, curiosamente, no pude tocar. Era demasiado el vértigo. Pero,
de todas maneras, creo que las drogas no son lo más importante.
Me sirvieron para abrir puertas, reconocer que hay otros mundos y otras
dimensiones posibles. La gran aventura es vivir. Vivir me parece mucho
más rico que la experiencia con la droga. Y hay un modo para
llegar a esos estados de manera natural.
SI HAY ALGO QUE CARACTERIZA A SKAY Y A su compañera
es la cultura de bares. Dice Skay: El bar es un lugar neutro,
que les pertenece a todos y a ninguno. No es la casa de nadie y nadie
está obligado a ser anfitrión. Además, es muy fácil
hacer rancho aparte.
En Mar del Plata, en el sexto piso del hotel donde
están alojados los músicos, está la confitería.
El sitio ha sido rebautizado como El Imaginario Beach, una
suerte de sucursal marplatense del café cultural de Buenos Aires
donde paran La Negra y Skay. Tiene una imponente vista del Club de Pescadores,
de la Bristol y del mar (el Argentino, no el de los Sargazos). Es viernes
por la tarde y faltan seis horas para el gran debut. Allí, en
una mesa de las grandes, Poli y Rocambole comparten un café con
los parroquianos del bar de Bulnes y Guardia Vieja: Martín, Sebas,
Mariano, Adriana, Jazmín, Alejandro y Sebastián (ambos
de la banda Zumbadores) vinieron hasta aquí a ver los shows.
Skay llega de la prueba de sonido final, nos cuenta que ajustaron los
últimos detalles de los temas que tienen bases programadas, saluda
a todos amablemente y parte a dormir la siesta.
Fue en el viejo Imaginario (el que estaba en la calle
Honduras) donde, zapando, Skay conoció a Javier Lecumberry. Lecu
es uno de los dueños del bar y alma pater del grupo La Doblada.
Las charlas hasta la madrugada, regadas de abundante fernet con cola,
los convirtieron en amigos entrañables. Lecu me contó
que, hasta el momento de conocer a Skay, no sabía demasiado de
Los Redondos y que la convocatoria para sumarse a la nueva banda fue
muy emocionante (Me vino una especie de taquicardia, confiesa).
Con Claudio Quartero, su nuevo bajista, a Skay también
lo une una relación afectuosa. El hijo de Poli dice que, aunque
su parentesco no es sanguíneo, a Skay lo siente en el corazón:
Es como mi hermano. Fue mi mentor: me regaló mi primera
guitarra y mi primer bajo y, musicalmente, es un referente. Sabe
que ha hecho méritos suficientes para ocupar un lugar en la banda.
Y siente que los cuatro discos de su propio grupo, La Saga de Sayweke,
se ven legitimados por esta convocatoria. Skay lo destaca no sólo
como bajista, sino también como arreglador.
A Daniel Colombres y a Oscar Reyna, Skay los conoció
hace muy poco. No hay lazo afectivo: son músicos profesionales.
Sin embargo, se percibe una admiración mutua y una amistad en
potencia.
Dice Daniel: Skay es uno de los pilares del
rock argentino. He tocado con muchos artistas conocidos, pero con él
tengo una sensación de felicidad que hace tiempo que no sentía.
Dice Oscar: Su personalidad como guitarrista
es fantástica. Toca tres notas y lo reconocés. Además,
me impresiona su calidez humana.
Dice Skay: El negro es una baterista de la hostia,
de los mejores que tuve conmigo. Y además es un tipo muy gracioso.
Oscar resultó una gratísima sorpresa: es un guitarrista
muy versátil y con mucha información de música
extra rock.
Para su banda, Skay solo tiene elogios: A las
dos semanas de ensayar, los temas ya estaban sonando muy bien.
La alquimia empezó a funcionar, arriba y abajo del escenario.
La magia está.
EL TEATRO ROXY DE MAR DEL PLATA ES CASI subterráneo.
Tiene un superpullman con unas 300 butacas y una platea libre de asientos,
apta para todo pogo, donde caben más de mil personas. La gente
grita por Los Redondos y todos los trapos hacen referencia a Patricio
Rey. Algunos, incluso, dibujan la figura del Indio. El público,
ansioso, aplaude la salida a escena de los músicos. Los parlantes
lanzan la grabación de Kazoo, el único tema del disco
que no sonará en vivo. Quartero sale a escena con un gorro bombín,
y Lecu, con un tapado. Oscar Reyna arenga, y muy bien, a la monada.
Skay es una revelación como cantante (su interpretación
de las Memorias de un perro mutante es soberbia y fulminante),
y a la hora de dirigirse a la gente lo hace con una voz que recuerda
a un villano de dibujitos animados. Oda a la sin nombre
es, de los nuevos, el tema que más alza el nivel de pogo, a la
altura de los temas de Los Redondos. Para cerrar, elige repetir Lágrimas
y cenizas.
Al otro día, me encuentro con Skay en la confitería.
Está cansado y contento:
Fue una noche muy linda. Estuvimos bien conectados. Tocamos con feeling
y mucha inspiración- resume.
Le pregunto por las banderas con la cara del Indio:
Son inevitables. Vengo de una banda, de mi banda, y mi compañero
de equipo era el Indio. La gente nos asocia. Y el Indio, de alguna manera,
está en mi corazón. Hay toda una historia atrás.
Yo no me caí del cielo.
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